2016/08/25

No quiero madurar - Psicología Malena Lede




Somos maduros cuando somos capaces de hacernos cargo de nosotros mismos y de Ser quienes somos.

La vida es la oportunidad de realizarnos pero también puede significar para millones de personas una muerte lenta.

Como en las películas de ciencia ficción, si nos detenemos a observar bien a la gente,  podemos constatar que estamos rodeados de muertos vivos.

Los muertos vivos son las personas que no viven, que vegetan como las plantas, que no hacen nada por sí mismos, que imitan a los demás, que tienen todo lo que hay que tener para pertenecer, que nunca se cuestionaron quiénes son, de dónde vinieron y hacia dónde van.

Vivir no es sólo respirar y envejecer, es crecer y sólo unos pocos conocen su potencial y crecen.

Crecer es profundizar sobre uno mismo, no quedarse sólo con la superficie, es una búsqueda para descubrirse a sí mismo, no la ambición de ser como otro.

El descubrimiento de uno mismo es un segundo nacimiento, el verdadero, es la oportunidad de recuperar la sensibilidad y de ver que todo es importante, no solamente nuestros modestos proyectos y las personas cercanas que queremos.

La madurez debería ser aceptada naturalmente con alegría, como feliz ingreso a una nueva etapa en la que cada uno de nosotros tiene en sus propias manos su destino.

Cuando maduramos nos damos cuenta que todo es igual, que no existe nada que sea más grande o pequeño porque todo depende de cómo lo percibimos.

Si eres la persona que eres y no intentas ser otro, verás la vida con nuevos ojos y te convertirás en una persona madura.

Envejecer no es madurar, todos se hacen viejos físicamente pero no necesariamente maduros, porque la madurez es un crecimiento interior que surge de la conciencia.  Experiencia más conciencia, eso es madurez.

Una persona madura no comete el mismo error dos veces porque pudo tomar conciencia de esa experiencia y pudo aprender.

La persona que siempre comete los mismos errores no es madura es vieja, no puede entender la enseñanza de cada experiencia porque no está despierta, está dormida, vive sin conciencia.

La vejez no nos hace sabios, nos hace viejos, la sabiduría la proporciona la conciencia.

Estar dormidos nos protege del dolor pero también no nos permite sentir placer.

La persona despierta es consciente del placer y del dolor.  El que tiene miedo del dolor no puede ser consciente y no puede aprender.

La felicidad no es eterna, le sucede la infelicidad, si no fuera así no tendríamos conciencia de ser felices.

La muerte le da sentido a la vida, hace que cada momento sea valioso y nos obliga a vivir con intensidad el presente.

Para una persona madura la muerte no es el final sino el principio de algo desconocido.

Malena Lede – Psicóloga
Fuente: “Madurez” – Osho.



2016/08/24

Hombres que no ayudan en casa - Psicología Malena Lede




Desde el primer día que se van a vivir juntos la pareja casi sin darse cuenta distribuye espontáneamente los roles, no siempre en forma equitativa y como realmente tendría que ser, pero lo más común es que ambos se muestren solícitos y muy interesados en brindarse mutuamente atenciones.

Esta situación no dura mucho porque muy pronto los roles se perpetuarán y resultará imposible para ambos funcionar de otro modo.

Las mujeres, en general, suelen ser en la casa más prolijas y limpias, claro que puede haber excepciones, pero es sabido que por esa razón,  el que tiene un departamento pequeño para alquilar busca mujeres y no hombres.

También existen en la mujer pautas de comportamiento aprendidas en el hogar desde que era una niña, viendo por lo general a su madre haciéndose cargo de las tareas y multiplicándose para atender a su marido y a sus hijos.

Esa imagen no se borra fácilmente, de modo que cuando tienen que formar su propio hogar es posible que desde el primer momento deseen asumir toda la responsabilidad y también, por qué no, el mando.

Si ambos integrantes de la pareja deciden repartirse las tareas, la mujer tiene que saber que deberá compartir el funcionamiento del hogar y tendrá que aceptar también su modo de hacer las cosas.

Si está decidida y necesita imperiosamente que la ayuden, entonces tendrá que cambiar su actitud y se limitará a realizar lo que cree que le corresponde y dejar sin hacer las otras tareas que debería hacer su compañero aunque se amontonen.

Esto no es nada fácil, porque el cerebro de un hombre en general suele funcionar de manera diferente y suele no coincidir ni con el agudo sentido estético de una mujer ni con su criterio de orden y limpieza.

Tener el mando exclusivo en la casa es cómodo, puede resultar para muchas mujeres placentero y brindar muchas satisfacciones, principalmente porque ellas de este modo pueden asumir el mando y hacer las cosas como quieren.

Para los hombres, en cambio, no significa nada, porque ellos suelen tener distinto orden de prioridades y valorar otras cosas, como dejar las cosas sin hacer y ver un partido o tener poder en la oficina para mandar a otros.

Sin embargo, hay que reconocer que hoy en día hay muchos más hombres hacendosos que antes, capaces de hacer una lista para el supermercado, tirar las cosas vencidas de la heladera, asear los pisos, usar la lavadora, limpiar los baños y hacer las camas con bastante esmero, pero lamentablemente son la excepción y no la regla.

Una mujer tiene que dejar que su marido haga las cosas de la casa a su manera si quiere que la ayude con las tareas cotidianas y con la atención de los niños si los tienen,  y lo mismo tendría que hacer con sus hijos, sin darles órdenes, aceptando su colaboración e incentivándolos con su reconocimiento, y no caer nunca en la trampa de hacer todo ella para sentirse indispensable.

La mujer es la persona que puede ayudar más a sus hijos a bastarse por sí mismos para que cuando sean grandes no tengan estos problemas en sus casas.

Malena Lede - Psicóloga

2016/08/23

Amores a distancia - Psicología Malena Lede




“Dicen que la distancia es el olvido…” y tienen razón, porque en cuestiones amorosas la memoria es frágil, las tentaciones son muchas y el corazón traiciona.

Pero eso ocurre ahora, porque hay que acordarse que nuestros ancestros, los inmigrantes,  venían a América solos y sus familias llegaban mucho después, cuando los hombres ya tenían un trabajo, un lugar para vivir y el dinero suficiente como para pagar los pasajes de sus esposas e hijos, en barco.

Después de la guerra Europa estaba destruida, no había trabajo y escaseaba la comida, por eso toda América recibió inmigrantes de todas partes. 

En Argentina casi se duplicó la población con toda esa gente que en su país había perdido la esperanza.

Pero eran otros tiempos, cuando el único proyecto era pensar en trabajar,  salir adelante, reunirse con la familia, hacerse la casa y educar a los hijos, a veces después de dos o tres años de separación forzosa.

Ahora, ese proyecto no alcanza, porque el propósito es pasarla bien hoy sin pensar en el futuro y sin comprometerse.

Por eso es común dejar pasar el amor una y otra vez porque antes de “atarse” a una familia, mejor es no perderse nada.

Vivimos en una época hedonista y consumista en que lo material ocupa el primer lugar, sin embargo,  todos presentimos que tenerlo todo no garantiza la felicidad.

Estar relacionados es estar juntos, no separados, más aún en un mundo materialista donde hasta las personas se venden.

¿Quién deja escapar a un buen partido aunque tenga novia o esposa e hijos?

Las esposas y los hijos se olvidan, quedan atrás borrados por la excitación de nuevas experiencias sin compromiso ni historia.

Pero la vida no es un inagotable parque de diversiones porque pronto  aparece el fantasma del aburrimiento que es el que brinda la oportunidad de descubrir su significado, y porque es sólo el sentido de la existencia el que puede hacernos sentir plenamente vivos.

La distancia hace que los que se aman se cuestionen sus sentimientos, fomente las dudas y los vuelva suspicaces y desconfiados cuando se encuentran frente a nuevos estímulos.

Amamos más a las imágenes que tenemos de las personas que a las personas mismas y esas imágenes la distancia las distorsiona y el tiempo las borra.

A veces hay que tener la audacia de cambiar de vida por un amor y arriesgarse, ser capaz de enfrentar la incertidumbre; porque de todos modos nunca estamos seguros de nada.

Malena Lede - Psicóloga